Hemos aprendido que sin sacrificios no hay gloria, el que quiere celeste que le cueste. Que gran verdad, llegar a la cima supone sacrificios y lo entiendo y comparto, mi pregunta ahora es: todos los sacrificios son necesarios, aceptados, definitivos?. El crecimiento vertiginoso de la Ciudad de Panamá nos esta llevando a casi no reconocerla, aveces da la impresión que estamos en las mismas calles pero con un paisaje diferente, menos verde (tristemente), más cargado, para algunos más moderno, más chic; para otros menos ecologico, más abrumador, más estresante. A quien no le puede gustar la vista de la Bahia de Panamá, al atardecer o en la plena noche, es un auténtico espectaculo. Sin embargo, mi memoria recorre esa misma avenida Balboa, ese parque Urraca, hace 23 años, donde soliamos jugar al beisbol o simplemente correr con los amigos o reunirnos a ver partidos y, sencillamente, era otra cosa. Subir la Federico Boyd entre palmeras, por esas calles con edificios bajos, hasta llegar a la Iglesia del Carmen era un recorrido verde (o por lo menos asi lo recuerdo), tranquilo y seguro, incluso cayendo la noche soliamos subir sin adultos y ninguno se sentia inseguro. O como no recordar Calle Belen para Navidad, en San Francisco, era un encanto pasar por sus casas y apreciar el afan que ponian los vecinos para adornarla.
El boom inmobialirio esta dejando sin referencias a muchos panameños, eso de volver a la casa donde nací es un mito, un lujo que cada vez menos panameños se pueden permitir. Hoy día pertenecen al recuerdo barrios emblemáticos como Calidonia, Bella Vista, El Cangrejo, Obarrio, etc. Quienes soliamos vivir alli, nos sentiamos casi de la misma familia, reiamos juntos, celebrabamos juntos y sufriamos juntos. Incluso luchamos juntos por un Panamá libre de políticos y militares corruptos.
Un mundo sin referencias. Siempre he pensado que cuando tenga un hijo o hija y lo lleve a Panamá ojala le pueda enseñar algún parque donde jugaba o el arbol de mango de Felix B. Maduro que nos abastecio y nos sirvio de escondite mientras jugamos mil veces la lata; ojala aún exista una que otra referencia para decirle algo, porque al paso que vamos creo que tendre que tirar del cuento y contarle la historia como la recuerdo, así de simple. Sin pruebas que el o ella puedan constatar con sus ojos.
Hoy queda poco o nada de ese sentimiento de pertenencia. Hoy sencillamente no conoces (o conoces poco) a quien vive a tu lado y los que viven en el edificio de al lado están o se mueven en otra galaxia muy lejana para tí. Entiendo que este fenómeno no es solo parte del progreso sino es una característica propia de urbes más pobladas, de sociedades más individualistas y por qué no decirlo más egoístas. Hoy importa mucho más (de cara a ese mundo salvaje y competitivo en el que sobrevivimos) cuantos amigos tienes en “facebook” o cuantos seguidores en “twitter”, que realmente conocer a los que viven enfrente o abajo.
Por suerte la especie humana mantiene su esencia , pues mientras hayan niños que se hagan íntimos amigos en dos minutos habra esperanza de volver a tener una sociedad donde prevalezcan los lazos reales más alla de las redes sociales. Donde tu dolor sea mi dolor y mi alegria la tuya.