Hola a todos,La Prensa de Panamá de hoy publica un artículo de Paco Goméz Nadal que quiero compartir con ustedes. Realmente habra que ser panameño para entender muchas de las referencias que hace. Preocupa el futuro y el desarrollo económico más cuando el mismo esta ligado al desarrollo de actividades que no solo atentan contra el medio ambiente sino contra el ser humano.
Aqui va el artículo:
“Yo debo ser muy bruto para no haber entendido nunca cómo se mata o se gasta por unas piedras. Pero el hecho es que así es. En Sierra Leona murieron 200 mil personas y otros dos millones fueron desplazadas en una de las conocidas como Guerras de Diamantes. A pesar del conocido como Proceso Kimberly, que ha impuesto un certificado de origen light a los diamantes para intentar que no procedan de zonas de guerra, lo cierto es que los diamantes siguen siendo gasolina para las guerras en África y triste demostración de poder económico de aquellos que los compran y los pavonean.
Imagino, sin embargo, que debemos estar orgullosos porque ya estamos casi a punto de abrir en Costa del Este la primera Bolsa de Diamantes de Latinoamérica.
Estamos muy contentos porque el edificio va a tener forma de diamante (cada día Mafiópolis se parece más a un parque temáticos de nuevos ricos) y porque en Panamá se moverán cada año unos 5 mil millones de dólares de este mercado manchado de sangre y de la peor de las especulaciones. Esta buena noticia hay que agradecerla al “superP99” que fue hasta Israel hace justo un año para convencer a la mafia del diamante de que Panamá era el mejor lugar para seguir ampliando su red de comercialización.
La verdad es que el país no va a tener desperdicio dentro de unos años. Será un queso gruyere gracias a la minería de oro y cobre, venderemos diamantes como locos (¿Dije locos?), los centros comerciales estarán interconectados por el metro, los carros transitarán por decenas de puentes elevados que harán más difícil aún caminar la ciudad, la población originaria hablará inglés y estará muy agradecida por poder trabajar en una mina inmunda o en un hotel bien “pinchao” y Ciudad Utopía (léase Costa del Este) estará protegida de los harapientos por un check point, al estilo de la narración magistral de Héctor Abad Faciolince en Angosta.
A cambio de este hermoso panorama de desarrollo y prosperidad sólo hay que renunciar a algunas cosas que, en realidad, sólo son caprichos de ñángaras y amargados, como el que suscribe.
A saber: Perderemos la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad para el Casco Antiguo gracias a la costanera que los gorilas del desarrollo construirán para orgullo patrio y mayor grandeza de la Navidad del Pueblo; será difícil distinguir el mar desde el Cerro Ancón por culpa de los cientos de edificios crecidos como setas en la Cinta Costera y en toda la franja marina de la ciudad; ya no podremos poner la foto de los indígenas en los posters publicitarios de la ATP porque no encontraremos a uno sólo dispuesto a sonreír o a vestirse con esos trajes desfasados y mugrientos con los que ahora subsisten; concentraremos la población del interior en cuatro ciudades estratégicas, porque es un desperdicio eso de llevar prosperidad a lugares tan remotos y caprichosos; el Darién será una gran plantación de maíz o de palma aceitera para poder abastecer de biocombustibles un desarrollo tan ecológico como el que se nos viene (eco porque todo –cobre, oro y diamantes– sale de la viuda tierra), y habremos dejado en suspenso la democracia para darle más celeridad a los procesos de decisión y no enredarnos en la tan cansona burocracia del Estado (en eso pueden asesorar de forma gratuita los próceres de la Fundación Libertad).
Considero que las pérdidas no son tan graves y que, a cambio seremos diamantes tallados y no unos brutos, como yo, incapaces de darnos cuenta de que sí es oro todo lo que reluce. Por ejemplo, los periódicos y las televisoras reconocen –y aceptan– perfectamente los dólares de Minera Panamá y su megacampaña de imagen (aunque sepan que es publicidad engañosa), así como la plata del Gobierno cuando dice que vamos bien aunque no tenga una sola prueba para seguir con la tonadilla. Es decir, hay ya mucha gente preparada para reconocer el valor de lo bueno, aunque lo bueno pueda llegar cargado de veneno. Lo importante es tener el antídoto para unos pocos y un discurso creíble –que no cierto– para la mayoría.”




