Vivo en Salamanca, no en la Salamanca colonense (provincia de Panamá) sino en la que es cuna de Unamuno y Rafael Farina. Una ciudad que encanta a quien la conoce, que enamora, no únicamente por su arquitectura sino también por su tranquilidad y sosiego.
Anualmente recibimos amigos, familiares, o simplemente amigos de amigos que al pasar por Salamanca, pasan también por nuestra casa. Esta semana hemos disfrutado con la visita de Walki, una joven panameña sin etiquetas, con una espontaneidad y alegría contagiosa; una panameña que se esta formando para poder trabajar por Panamá con un dinero que es fruto del esfuerzo de sus padres y no de ninguna de esas becas famosas; alguien que aún cree que el cambio, desde los partidos políticos, todavía es posible (yo sinceramente ya he perdido toda esperanza al respecto); alguien que piensa que se puede construir un mejor Panamá, donde todos tengan iguales oportunidades y donde la corrupción y el juega vivo se erradiquen definitivamente.
Me hablo de Felipe. Y, al hacerlo, no pude por menos que alegrarme, pues ví como mi teoría sobre la libertad de elegir que tienen las personas que viven en países desarrollados frente a las limitaciones de quienes habitan países en vías de desarrollo se tambaleaba, desmoronándose por momentos casi hasta agonizar, y eso me permitió respirar y pensar que, tal vez, podemos perder el miedo, simplemente conectando con nosotros mismos y con lo que tenemos a nuestro alrededor.
Últimamente pensaba en las diferencias entre un holandés y un español, ya ni siquiera entre un español y un panameño; pues España se ahoga, se queda atrás.
La situación económica en España no esta para juegos y muestra de ello son los más de cuatro millones de desempleados que tiene el país. No hay trabajo, ni aquí, ni allí. Y eso se percibe.
Es una situación que ataca no sólo a lo económico sino a lo moral, dejando cada vez más decepción y depresión a su paso. Más de medio millón de votos en blanco significan algo: gente que esta cansada de esperar soluciones a sus principales problemas.
Pero, ¿dónde estaba?. Si, en mi teoría de la libertad. He pensado que la grandeza de un país se mide también (además de por su PIB y por todas esas tonterías que cuatro entienden y que el resto no pregunta que significan por el hecho de no pasar vergüenza) por el grado de libertad que tienen sus ciudadanos para hacer y deshacer, para pensar y desarrollarse de acuerdo a sus talentos. En suma: para hacer lo que uno quiere, lo que a uno le hace feliz, aportando no ya sólo desde tus conocimientos sino desde tu libertad.
En Panamá, ¿cuántos trabajan en lo que siempre soñaron?, ¿cuántos desarrollan una profesión u oficio guiados por sus vocaciones o sueños?. Ojala fueran muchos, pero no lo veo claro. La situación no esta para soñar, la gente hace lo que puede ó, más llanamente, lo que le dejan. Si tu trabajo no te gusta: “hijo, tu aguanta; la cosa esta dura”. La seguridad esta por encima de la vocación y son pocos los valientes que se atreven a dedicarse a los que les gusta.
Así también esta España. Y creo que la crisis (generada por los banqueros y los políticos corruptos), y la “necesidad” atentan contra la libertad de cada persona y contra el derecho a soñar de todos los ciudadanos. Hay que conformarse aunque eso signifique deformarse.
Por ello, los padres de hoy deben hacer un doble esfuerzo permaneciendo alerta para reforzar y potenciar los talentos de sus hijos, ya que el sistema creado empuja hacia otra dirección.
En cambio, cuando miras hacia otros países económicamente más estables, te das cuenta de que en ellos la gente elige: los jóvenes deciden dónde y cuánto tiempo trabajan, en que empresa o tipo de empresa, incluso compaginan sus propios proyectos profesionales con su trabajo habitual. Eso es una expresión de la libertad.
Vuelvo con Felipe. Como dije, fue nuestra querida Walki quien nos habló de él y también él quien empujó a su hermana a abrir un restaurante en Volcán. Gracias a ello, Felipe tiene un graffiti dedicado (ubicado en la entrada del restaurante), en muestra de agradecimiento.
Felipe es un ave fénix, un tatuaje que en un momento de conexión empujo a alguien a cumplir su sueño (recordar que podemos ser todo lo que nuestra talento nos permita).
Y, ahora, me pregunto ¿dónde estará mi Felipe?, ¿dónde el de millones de personas?, ¿cuándo llegaremos a conectar con nosotros mismos, con nuestro entorno?. Para ello necesitamos paz, necesitamos tiempo, necesitamos escuchar y atender a las señales; pero, por desgracia, estamos demasiado ocupados en unas vidas teledirigidas, que suponen nuestro “peor es nada” y que nos ocupan, pero sin contribuir a nuestra realización personal.
Debemos intentar desprendernos, desarmarnos para encontrar ese Felipe que nos ayude a no tener miedo ante lo desconocido y saltar; aunque sea al vacío, pero saltar.




